La Canción de Bilbao: Maialen

2014-12-18

Aski ezaguna da antropologo itziartarra. Honela diote laburretik egin nahi duten biografiek: Joseba Zulaika Irureta (Itziar, Gipuzkoa, 1948) antropologoa eta euskal ikertzaile eta idazlea da. Deustuko Unibertsitatean filosofian lizentziatu zen eta AEBetako Princetongo unibertsitatean doktoratu. Zorroagan eta Deustun eman zituen eskolak eta 1990etik AEBetako Renoko unibertsitateko Basque Studies Program delakoaren zuzendari da.

La violencia vasca: metafora y sacramento (1990), Caza, símbolo y eros (1992), Migración, etnicidad y etnonacionalismo (1996), Del cromañón al carnaval (1996), Crónica de una seducción: el Museo Guggenheim de Bilbao (1997), eta ETAren hautsa (2006) saiakerak dira, inguru hauetan behintzat, oihartzun gehien izan duten bere lanak. Eta hauen artean, museoari buruzkoa, garai hartan megaproiektuarekiko kritiko azaldu zen intelektual bakanetarikoa izan baitzen.

Vieja luna de Bilbao-Crónicas de mi generación argitaratu berri du ingelesez (The Old Bilbao Moon: The Pasion and Resurrection of a City) eta gazteleraz, Nerea argitaletxearekin.

Lan bikaina da, mardula eta gogoeta, istorio eta argazki esanguratsuz betea, hogei urtetako lanaren fruitua. Hiru liburutan dago banatua, ‘Infierno’, ‘Purgatorio’ eta ‘Paraíso’ izenburutzat daramatzatenak, eta azken honetan bigarren kapituluari ‘La Canción de Bilbao: Maialen’ jarri dio egileak. 2009ko BECeko finalaz, bertsolaritzaz eta Bilbo berrian euskarak izan beharreko tokiaz egiten du gogoeta bertan. Eta ikerlari irakurriek, alegia gutxiengo bat, egiten duten moduan egiten du: ohikoetatik haratago doazen ideiak proposatuaz, baina edonork gustura irakurtzeko moduan, kasik literatura eginaz.

Zulaikarengan bertsolaritzarekiko interesa ez da berria: 1985ean Bertsolariaren jokoa eta jolasa argitaratu zuen, eta 2003an Bertsolari Aldizkaritik argitaratzen zen Bertsolari Liburuak sailaren baitan Bertsolaritzaz bi saio. Eta literaturarako joera ere ez du atzo goizekoa: 1975ean Adanen poema amaigabea poema liburua argitaratu zuen, eta 1982an Zu zara… eleberria.

Biak uztartzen dituen pieza dakarkizuegu jarraian, gozagarri izango zaizuelakoan, eta gazteleraz ekarri dugu, egileak horrela argitaratu duelako eta erdal irakurlegoa ere kontutan hartuta idatzita dagoela nabari zaiolako.

La Canción de Bilbao: Maialen

Es el 13 de diciembre de 2009, duodécimo aniversario de la firma del acuerdo que trajo el Guggenheim a Bilbao; unas 15.000 personas se han dado cita en el nuevo Bilbao Exhibition Center (BEC) de Barakaldo para escuchar a los bersolaris, los trovadores vascos. Construido sobre las ruinas de Altos Hornos, a ocho kilómetros del centro de Bilbao, el BEC se había inaugurado en abril del 2004. Desde las diez de la mañana hasta las ocho de la noche, un público entusiasmado permanece absorto en los cantos improvisados de sus poetas. Sin otro instrumento que sus voces, los bersolaris componen ante el público estrofas que siguen patrones formales estrictos de rima, melodía y ritmo. Para los amantes del canto profundo, este es el acontecimiento esperado.

El único criterio para la existencia del significado poético es crearlo. Cada vez que se le pide al bersolari que improvise una canción ante el público, se hace un silencio denso de largos segundos que preceden al canto. Los presentes perciben lo que está en juego: ¿cómo llenará el silencio, el vacío de palabras e imágenes, precisamente con palabras e imágenes? Los diez o quince segundos que necesita el bersolari para comenzar se convierten en una eternidad: absorto en sus pensamientos, con la mirada distante, sujeto el micrófono, se apoya primero en un pie y luego en el otro, husmea el aire. Por fin surge la voz solitaria, lentamente, y el público retoma el aliento; el universo vuelve a ser creado una vez más al azar, del juego verbal, de las homofonías prodigiosas y de la destrucción bombástica del lenguaje.

Unai Iturriaga improvisó la siguiente estrofa para explicar el abismo al que se enfrenta el bersolari en su arte arriesgado cada vez que se encuentra delante del micrófono:

Amildegi bat zeure oinetan

Bertso berri bakoitzean

Handiagoa, sakonagoa

Den uste hori lantzean.

Inoiz sentituarazten zaitu

Bazeunde legez etxean;

Inoiz pentsatu izan duzuna

Zer ote da erortzean.

Eta berriro plazara joanda

Bihotzetik kantatzean

Salto egiteko gogo horrexek

Mantentzen zaitu ertzean.

 

Se abre ante ti un abismo

En cada verso nuevo que cantas

Cada vez más grande, más hondo

Al sumergirte en tu tema.

A veces te hace sentir

Como si estuvieras en casa;

A veces te hace pensar:

“Y si me caigo, ¿que hago?”

Y cuando vuelves a pisar la plaza

Al cantar desde el corazón

Ese deseo de saltar

Te mantiene al borde del abismo

 

La verdad del bersolari consiste en horadar un boquete en el sentido gramatical, narrativo y racional del lenguaje. Manuel de Lekuona lo expresó a la perfección cuando afirmó que el “rápido movimiento de las imágenes en un bertso se obtiene por medio de elisiones y de la ausencia de conectores retóricos”. A Maialen le pidieron que improvisara un canto sobre el fuego. Tras asociar el fuego a la Prehistoria, la inventiva humana, la pasión, el peligro y la cocina, remató de este modo: “el fuego es la llama que prende / cuando dos personas se miran a los ojos”.

Los bersolaris nos retrotraen una vez más al Aquí vienen todos del Finnegans Wake (…) En esta historia de resurrección de Joyce, a Finnegan lo dan por muerto, pero cuando los congregados en el velatorio empiezan a beber y derramar whisky sobre su cuerpo yaciente, el hombre se despierta y se levanta para participar en la fiesta. Joyce transformó este episodio cómico en el poder regenerador del ciclo de la vida (wake significa en inglés tanto el duelo como la acción de despertar). Los bersolaris cantan normalmente tras comer y beber en abundancia; también con ellos el vino y la resurrección van juntos. Es en el cuerpo, la voz y la emoción del versolari donde la comunidad llega a conocer y a ser, a entenderse y renovarse (…)

El bersolari demuestra con cada canción que la fantasía es el origen del lenguaje. La verdad se deriva del juego verbal, del malentendido imaginativo. Si quieres conocer la verdad, fíjate en las mentiras que te estoy contando, date cuenta de que no sabemos nada: ¿Qué otra cosa podemos hacer sino cantar y reír y dejar que la suerte nos acompañe? (…) No hay forma de discernir en él por separado qué es pensamiento, imaginación, emoción o corporalidad. El pensamiento reside en el tono de voz, las modulaciones melódicas, los gestos emotivos del rostro, seguido todo ello por el aplauso y acto seguido por la vuelta al silencio abismal.

(…) La premisa de que no se puede repetir una canción –cada una es improvisada y escuchada por vez primera y última- está vinculada a la infinitud de la situación lingüística que permite incesantes permutaciones en cada composición (…) Cada palabra, verso, rima y estrofa es una tirada de dados. El bersolari es el equivalente oral de Mallarmé; su método consiste en cancelaciones, puntos de fuga, revocaciones. Es la afirmación de que se ha producido un momento de la verdad: algo ha sucedido realmente.

(…) En este universo de palabras repletas de nuevos sentidos, el público apenas puede acomodar el impacto en sus cuerpos de semejante exceso. A medida que la emoción se adueña del momento y en cada rostro se despliega el drama, se puede percibir en las miradas la determinación de preservar la verdad escuchada; los labios empiezan a imitar las palabras cantadas por primera y última vez; algunos intentan adivinar cuál será el golpe de la rima final… hasta que finalmente cuando el canto triunfa en su intento, se alcanza el climax y todo el mundo se relaja mientras rompe en aplausos y se llena de asombro ante lo que acaba de suceder: hori duk hori bota duana! (¡menuda la que ha soltado!). El público se ha quedado electrizado, transfigurado. Es la resurrección de los cuerpos.

Fue mi padre quien me aficionó al canto improvisado de los versos. Solía cantar en voz baja, en un rincón de la cocina, según leía los versos en alguno de sus libros. Mi padre nunca puso un pie en una biblioteca o en una librería, pero coleccionaba libros de bersolaris que compraba en las ferias o a vendedores que iban de puerta en puerta: textos que habían sido escritos o dictados por algún bersolari, o que quizá alguien había transcrito mientras los cantaban en alguna plaza. Yo me paso la vida encerrado en una biblioteca y raro es el día en que no tenga un libro entre manos. Pero los libros de mi padre eran otra cosa. Los colocaba encima de una radio grande de la marca Phillips que teníamos en la cocina y en sus ratos libres se dedicaba a cantar los versos durante horas con su voz monótona y grave. Mi padre cantaba por puro placer. Los versos más humorísticos le arrancaban Larisa; los elegíacos le provocaban lágrimas. De cuando en cuando realizaba algún comentario acerca de las canciones sin esperar que alguien le prestara atención alguna. A veces, cuando terminaba una serie de estrofas, cambiaba la melodía por otra más a tono con el tema de la siguiente composición y así seguía cantando, más que nada para sí mismo. En contadas ocasiones, coincidiendo con alguna celebración especial, improvisaba una canción en público (era un bersolari mediocre).

Fue más tarde, cuando me dediqué a escribir, cuando empecé a darme cuenta de que el acto de cantar le ofrecía una catarsis y abría una ventana a su universo más íntimo. En la cultura a la que pertenecía, su comunicación y su identidad básicas dependían de la palabra hablada, que usaba de forma comedida. Prefería el silencio a la excesiva locuacidad, consciente de que hay situaciones en las que es mejor callar. Mi padre nunca me habló de su pesar por la pérdida de cinco de sus hijos; se limitaba a cantar sus versos sentado a la mesa de la cocina, sin poder evitar de cuando en cuando la risa o el llanto.

El día del recital de versos en el BEC era la culminación de una txapelketa o campeonato que se celebra cada cuatro años. En esta ocasión, se daba una circunstancia histórica: de los ocho bersolaris que llegaron a la gran final, entre los que se encontraba el campeón Andoni Egaña, la única mujer participante, Maialen Lujanbio, fue la que salió proclamada txapeldun, ganadora. Mientras Maialen cantaba con la txapela puesta su bertso de aceptación ante un público entusiasta, los otros siete concursantes, que acababan de abrazarla, permanecieron de pie detrás de la nueva campeona y enlazados por los hombros en muestra de solidaridad.

Pero la txapela es una prenda que tradicionalmente no solo pertenece al ámbito masculino, sino que lo define. Figuras como Picasso, Hemingway y Oteiza solían llevar txapela: la bona vasca chata, ancha y sin pico, con la sección que la circunda doblada siempre hacia dentro, de una sola pieza y sin costura, con hilo de lana natural. El socialista bilbaíno Indalecio Prieto aseguró que este “símbolo de la igualdad” social de los vascos era consustancial a su personalidad, siendo él mismo el primero en llevarla puesta en las Cortes españolas. Aun así, no es frecuente encontrar hombres que usen esta prenda en el medio urbano; el humorista gráfico Eguilleor, entre otros, representaba a los aldeanos de Bilbao con txapela.

Cuando Maialen ganó el campeonato y se puso la txapela en la cabeza, era el comienzo de una nueva etapa. Para los hombres que formaban parte de aquel público, era también implícitamente una especie de castración simbólica, pues aquella prenda tan asociada a la virilidad la estaba reivindicando para sí de pronto y de la forma más solemne una mujer joven. Era la señal clara de que había llegado el momento de una nueva subjetividad femenina.

Pocos se imaginarán qué otra mujer joven se había puesto una txapela negra sobre un escenario años atrás. Fue Marilyn Monroe en Los caballeros las prefieren rubias. También se le ve luciendo la boina vasca en las fotografías de su viaje a Japón y Corea de 1954 en compañía de Joe DiMaggio (…) De entre las ruinas de Altos Hornos y de las cenizas de la masculinidad tradicional, surgía una revolución cultural anunciada por Marilyn e inaugurada ahora en el BEC con la canción de Maialen.

Tras colocarse la txapela en la cabeza, Maialen cantó una última canción que concluía así:

Gure bidea ez da erreza

beti legez, juizioz, trabaz.

Euskal Herriko lau ertzetara

itzuliko gara gabaz.

Eta hemen bildu dan indarra

grina eta poz taupadaz

herria sortzen segi dezagun

euskaratik ta euskaraz

 

Nuestro camino no es fácil

Lo traban obstáculos, pruebas y leyes.

A todos los rincones de Euskal Herria

Regresaremos de noche.

Y cargados de la fuerza, la alegría

Y la pasión que hemos acumulado aquí

Sigamos forjando el país nuestro

Desde el euskara y en euskara

 

Embargados por el momento histórico, los asistentes se pusieron de pie, com en cámara lenta, y prorrumpieron en unos aplausos que eran la única forma de dar rienda suelta a una emoción incontrolable que se reflejaba en sus rostros. Unos días antes, aquel mismo público se había indignado por el juicio contra Egunkaria (en el que el juez decretó la clausura del único periódico en euskera alegando vínculos con ETA que nunca se probaron). La estrofa de Maialen equivalía a una proclama: el Pais Vasco es un acontecimiento que está sucediendo aquí, en esta canción y en nuestra lengua nativa. Su verso no invocaba a una historia cerrada o a una identidad anacrónica, sino únicamente a la pasión por crear un nuevo mundo a partir de esta canción incompleta, hecha cuerpo en la comunicación entre los bersolaris y su público. La nueva Euskal Herria, cantaba Maialen, habrá de configurarse en todo caso desde esta canción compartida que surge de las ruinas de Altos Hornos y de las ruinas del euskera, idioma olvidado en gran medida en Bilbao, y gracias a esta comunidad constituida en torno a un imaginario transformado. Era la reafirmación de que la recuperación del euskera es una dimensión que define el Bilbao renacido y, todo ello, gracias al poder de un cantar desnudo que mantuvo en vilo durante horas a 15.000 personas. Para quienes escucharon a Maialen, su canción improvisada en verso, su “Bilbao-Song”, era un hito decisivo del milagro de Bilbao.